La Tristeza del Principito || Cuentos terapéuticos.




El mundo es grande y alcanza para todos, pero ¿cuántos parecen vivir desconectados de la tierra como si estuvieran en otra dimensión? ¿cuántos de ellos son tomados por locos o raros cuando en realidad su único pecado ha sido hablar de su mundo como lo hacía el famoso personaje de El Principito, en la emblemática historia escrita por Antoine de Saint-Exúpery?

Lo racional se transformó en un consenso y lo que no cabe dentro de sus límites es cruelmente expulsado bajo el himno de la ironía, burlas y traición. No existe un merecido análisis ni la atención debida a todos esos principitos que deambulan por el mundo intentando hablar de rosas, zorros y planetas. Se les golpea o se les cierra la boca por miedo o por la violencia de aquellos racionales autobautizados que han olvidado que sus propios actos no son más que un montón de patrones aprendidos de memoria y en los cuales navegan como El Principio en el espacio exterior, flotando a la deriva y esperando a ser comprendidos. Todos se parecen en cierta forma: racionales y principitos. Pero los primeros tienen esa curiosa y malévola costumbre de intentar exorcizar a los segundos como si estos últimos estuvieran enfermos de algo a lo que se teme y de lo cual no es recomendable contagiarse: la imaginación, como un elemento de ruptura que pone en peligro el lenguaje y el concepto cuadrado, sistematizado y ordenado que dirige las vidas repetitivas de los racionales.

¿Cuántos principitos han muerto aplastados por la multitud? ¿Cuántos quemados sin revisar la profundidad de sus actos? ¿Cuántos tratados de locos en su pueblo natal? Muchos seguramente. Maniatados, quebrados y despedazados por la maquinaria racional y monstruosa en la que se ha transformado la lógica, que no es más que la excusa para no abrir horizonte hacia el misterio que es el ser humano. Un hocolausto que sucede cada día y a cada momento cuando estos seres de otras dimensiones que deambulan como sombras por las ciudades y pueblos son apedreados y escupidos con la libertad ignorante de una chusma sublevada y altanera que levanta la bandera de sus ideales con la crueldad de los dictadores y la simpleza ética de los demócratas. 

Caen así cada día los principitos, heridos de muerte y con su rosa aplastada. Caerán y seguirán cayendo hasta que uno de los racionales se levante desde su propia soberbia y aprenda con humildad la lección del escuchar, el respetar y el buen oír, que no es solo escuchar sino aprender de lo que se dice y que puede ser la puerta de la salvación para nuestra fría, incorruptible y cruel razón.



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