El Tarot como herramienta de sentencia || Su otro poder.




Estos últimos días me ha tocado reflexionar sobre el tema de las predicciones de tarot y la forma en que estas pueden o no condicionar a otros. He recordado frases y análisis de otros colegas y observo que aún existe un fuerte debate para determinar si es buena idea o no sentenciar o decretar con el tarot. Es común oír el clásico argumento respecto a lo peligroso que es decirle a alguien que dentro de poco se quebrará la pierna en o que una maceta le caerá en la cabeza de forma inexorable. Se considera peligroso porque este tipo de sentencias pueden condicionar de forma permanente al consultante el cual obnubilado por la predicción cumplirá los sucesos proyectados como una profecía autocumplida. También se dice mucho que dar este tipo de sentencias es una toma de poder sobre el otro que en vez de ayudarle le deja prisionero de una vida programada por las visiones del tarotista, vidente o brujo de turno.

Sin embargo hoy he tenido una pequeña revelación sobre este tema y ha sido curiosamente recordando a Alejandro Jodorowsky que defiende bastante la posición de no decretar ni sentenciar con las cartas ya que eso es una toma de poder que éticamente no tiene cabida en el carácter humanitario que debiesen tener las mancias. Pero pensé en lo siguiente ¿Si te niegas a decretar y sentenciar la vida de otros no se supone que eso es porque algo en ti teme que tu propia vida pueda ser sentenciada y decretada? ¿Y si tienes miedo de que tu vida sea sentenciada por otros no deja entrever eso la falta de confianza que tienes tú mismo y lo inútil que te sientes frente a los decretos inamovibles que puede mostrar el tarot y la vida? ¿No deja ver eso tu poca falta de voluntad personal? Bingo! - pensé. Me dí cuenta que en realidad detrás de ese sentido ético y humanitario de no sentenciar lo que hay es un miedo personal relacionado al no poder dominar y dirigir por completo tu vida, lo que en vez de reforzar tu poder personal lo mutila y finalmente lo desintegra. Entonces esto es como la pescadilla que se muerde la cola: evitamos hacer algo para dar más poder y libertad al consultante pero en realidad se refuerza su inutilidad y se fractura su poder personal diciéndole de forma tácita "no te decreto porque no te considero capaz ni con la voluntad suficiente para cambiar tu vida y porque yo tampoco me considero capaz de hacer algo así con mi vida, entonces te aplico el mismo criterio que me aplicaría a mi". En este punto me asombré, pues me dí cuenta que yo mismo había defendido mucho la posición del no decretar pero que en el fondo detrás de eso lo que puede haber es miedo de no poder dirigir la vida, una especie de cojera psicológica que se esconde detrás del "no quiero decretarte porque no quiero hacerte daño".

Con lo anterior entramos en otro terreno interesante: si un vidente, tarotista o persona dedicada a una mancia decreta y sentencia algo al consultante ¿Es responsable de lo que le suceda al consultante incluso si eso significa partirse una pierna, romperse la cabeza o tener una vida amorosa desastrosa de aquí al final de sus días? ¿Es culpa de quién decretó o es culpa del consultante que dirigió toda su vida hacia ese decreto y sentencia y permitió que todo sucediera? ¿Quién es realmente el responsable? Yo creo que es el consultante. Es él quién decide dejarse llevar por lo que ha oído, dejando al tarotista o vidente solo como un intermediario para expresar todo lo que ha visto o sentido interiormente respecto a la vida de esa persona. Esto nos lleva a un nuevo cuestionamiento: Si un tarotista o vidente lee el futuro a otra persona sentenciándole y el consultante elige ser más fuerte que esa sentencia logrando cambiar/torcer ese destino que se había mostrado ¿Ha fallado quién vio y leyó la sentencia? La respuesta definita es SÍ, HA FALLADO. Pero hay que hacer un matiz importantísimo: la única forma en que un tarotista o vidente puede fallar en este caso es que el porcentaje de voluntad y fiereza del consultante tenga más peso que el intenso decreto y sentencia que se le ha dado. Entonces el consultante se libera de esa proyección, visión o destino inexorable y hace fallar al tarotista el que a su vez no podrá lavarse las manos sino que deberá asumir con nobleza el error. Digo esto último porque muchas veces se utiliza el fundamento del libre albedrío, la voluntad y el todo puede cambiar como una forma de desentenderse y quitarse responsabilidad respecto a lo que se lee, decreta o sentencia pero en ese momento y más que nunca los que miramos el futuro debemos hacernos cargo de lo que decimos.

Si a todo el tema de la cartomancia, el tarot y las predicciones se le da un giro como el que he tratado de explicar aquí creo que es posible reorganizar el debate, logrando un equilibrio entre la responsabilidad que tiene el tarotista de hacerse cargo de sus errores y la responsabilidad exclusiva del consultante que define si hará o no de su vida una profecía autocumplida. Dejando en claro eso el tarotista/vidente retorna a su esencia más primitiva que es la adivinación tajante y feroz que no se corta ni un pelo para decir lo que ve a futuro y el consultante se alinea con lo sagrado y respetuoso de este arte, comprendiendo que este tema de las mancias no es un juego de niños que se deba tomar a la ligera sino que puede dejar marcado a alguien de por vida en los huesos, en la sangre y por sobre todo en su alma.

Por último comparto una idea que tuve mientras escribía esta entrada: un adivinador experto sabrá anticiparse a todas las decisiones que tome el consultante por tanto podrá ver incluso si este es capaz de superar o esquivar los accidentes o eventos que aparezcan en su vida, rompiendo así posibles decretos y sentencias. Podrá ver el sello completo de su vida de aquí al final de su existencia, incluyendo aquellas cosas en las que el consultante no tendrá más alternativa que resignarse. Quizá esa sea la esencia de la adivinación pura: la primitiva y ancestral que hemos olvidado producto del miedo y las divagaciones éticas que más que ayudar nos encierran cada vez más en la inutilidad, pequeñez y fragilidad del ser humano.




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