Por qué la sincronicidad no explica el tarot || Análisis.




Una de las explicaciones habituales para justificar el mecanismo del tarot es la que gira en torno a la sincronicidad, concepto adoptado hace ya décadas por Carl Gustav Jung y que se define como una serie de sucesos que ocurren sin una causa identificable pero que sin embargo parecen tener una conexión entre sí. Como por ejemplo lo que sucede cuando una persona elige una carta de tarot que justamente coincide con su actual panorama amoroso. En muchos manuales y talleres de tarot he podido constatar cómo se echa mano de este fundamento para certificar la eficacia en una lectura de cartas cuando la definición misma de la palabra sincronicidad nos deja en el mismo sitio con las mismas dudas pero con el nombre de Jung que parece dar más autoridad a la explicación.

La sincronicidad es una forma elegante de decir "algo pasó para que A y B coincidan pero no sé qué es" y ese "no sé" que no se explica abre paso a muchas creencias sin sostén racional que en casos extremos pueden distorsionar por completo el estudio del tarot, transformándolo en algo más parecido a una religión en dónde cualquier cosa se puede aseverar sin necesidad de demostrarlo, desde la creencia de que unos guías espirituales conectan con las cartas para mostrarnos el mensaje, que al leer las cartas se abren portales dimensionales que solo alguien experimentado puede abrir o que son las mismísimas cartas las que nos hablan, como si ellas tuvieran vida propia.

ADIÓS SINCRONICIDAD, HOLA EXPLICACIÓN RACIONAL

Desde mi perspectiva debo decir que he encontrado más respuestas de la mano de la ciencia, indagando en los procesos cognitivos y exponiendo en otros artículos de este blog la evidente relación que existe entre una cualidad que todos tenemos como es la Teoría de la Mente y la capacidad de analizar y predecir el comportamiento de otros, lo que nos permite reconocer estados emocionales en otras personas, así como intuir su entorno material completo, su forma de tomar decisiones e incluso el resultado de todos esos patrones que reunidos construyen el futuro. Esto último con más o menos claridad y precisión, dependiendo del desarrollo de la Teoría de la mente de la persona que percibe y analiza usando el sistema del tarot o videncia. Ahora bien, una vez aclarado el tema de cómo podemos ver y predecir al otro nos queda la interrogante ¿Cómo es posible que aparezcan justamente las cartas que describen visualmente el estado de la persona? ¿Que extraña y misteriosa fuerza hace que la persona elija justamente las cartas que parecen resonar más con su realidad? ¿Es acaso magia?

Y la respuesta a la ultima pregunta es no, en absoluto. Es cierto que el fenómeno ocurre, es decir que las cosas coinciden pero eso no implica que sea por arte de magia o la divina providencia. Una explicación mucho más razonable es entender que el motor fundamental en una  lectura de cartas es siempre el tarotista y su capacidad de análisis y predicción que utiliza las cartas con significado neutral para así plasmar en ellas algo que él ya ha percibido previamente en la persona. Es decir, da lo mismo la carta que el consultante elija ya que ella se ajustará siempre al discurso que ya se ha formado intutivamente en la mente del tarotista. Ahora bien ¿Implica esto que el uso de las cartas sea un mero recurso artificioso e inútil? no, en absoluto, porque las imágenes funcionan como una estructura conceptual (arquetípica) que permite a la mente dar forma a todo aquello que percibimos del consultante. Ahora bien, alguien podría preguntar ¿pero y si alguien me pregunta cómo está su pareja y aparece La Muerte no se supone que el resultado será siempre el término de esa relación, demostrando así la que la carta tiene un significado fijo y por tanto no modificable por el tarotista? y la respuesta es bastante evidente y varios colegas estarán de acuerdo conmigo: no siempre La Muerte es término definitivo, puede hablar también de un proceso de transformación profundo en dónde se pone a prueba el amor para luego salir de allí más fortalecido, una definición que demuestra que el valor conceptual de esta carta nunca es absoluto sino que está sujeto a la interpretación junto al resto de cartas que le puedan acompañar y que también pueden tener significados no-fijos, lo que daría sentido al hecho de que ellas en realidad no hablan sino que lo hace el tarotista ajustando su discurso en ellas para expresar lo que siente, de la misma forma en que un pintor se expresa pintando sobre un lienzo en blanco que no tiene más significado que el que el mismo artista le quiera dar con colores y técnicas. Así mismo las cartas son un lienzo en blanco, una estructura conceptual que sirve de soporte a la Teoría de la Mente de quién las utiliza.

Finalmente es importante recordar que la capacidad de análisis y predicción no es idéntica en todas las personas, lo que explicaría el porqué algunos parecen tener una cualidad excepcional al leer las cartas, cuando eso no es más que el desarrollo de algo innato que todos tenemos y que forma parte de las cualidades cognitivas, que se expresarán con más o menos fuerza según el uso que les demos, silenciandose así en quienes no las practican habitualmente. Todo esto no quita mérito a un tarotista o a alguien que utiliza una herramienta neutral para canalizar lo que siente respecto a otras personas, ya que demuestra que independiente de que las cartas sean un elemento complementario y accesorio sigue existiendo una capacidad cognitiva que da sentido al funcionamiento del tarot. Eso sí, no desde la perspectiva supersticiosa sino desde la más racional y comprobada.


NOTA:


El concepto de sincronicidad no debe confundirse con el de sincronía, ya que este último refiere a la forma en que varios elementos se alinean entre sí para funcionar al mismo tiempo y que perfectamente pueden tener una causa, de la misma forma en que los engranajes de un reloj funcionan en sincronía siguiendo leyes y estructuras totalmente verificables, algo distinto a la sincronicidad que admite la simultaneidad pero deja sin explicación las causas de los sucesos.










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