Los contratos invisibles que damos y recibimos ||



A veces y sin darnos cuenta se nos va la vida adjudicando obligaciones a las personas que nos rodean, entregándoles contratos invisibles llenos de exigencias que si no se cumplen a rajatabla nos sumergen en un estado de oscuridad que nos lleva a culpabilizar a la otra parte de no cumplir lo estipulado en un documento que ni siquiera les hemos preguntado si quiere aceptar.

A nuestros padres le damos el contrato de la valoración y el reconocimiento, indicando que deben querernos y tratarnos como nosotros deseamos y si eso no sucede nuestra vida colapsa porque las cláusulas nos condicionan y construyen un trauma que cargaremos durante años sobre nuestra espalda.  A nuestra pareja le damos el contrato del principe azul o de la princesa perfecta y si las condiciones estipuladas no se cumplen (es decir, si ellos no son lo que queremos que sean)  caemos en el agujero de la depresión y angustia, decepcionados completamente del romance, el amor y los cuentos de hadas.  Vamos por ahí dando contratos a diestra y siniestra que lo único que hacen es quitarnos la responsabilidad de hacernos a nosotros mismos felices al reconocer nuestras propias virtudes.  Y así nos pasa con cualquier persona que se nos cruza en la vida: jefes, hermanos, amigos, el que nos vende el períodico o el panadero. A todos ellos entregamos un contrato que dice: hazme feliz y sé como yo quiero que seas para que así yo pueda sentirme segur@ y tranquil@. No me falles porque si lo haces te responsabilizaré de mi dolor.

Esto de ir por ahí dando contratos invisibles lo único que hace es enjaularnos en nuestros condicionamientos, dejando fuera el trabajo personal que tenemos a nivel psicológico y que nos vuelve creadores de nuestro estado anímico. Porque si lo piensas bien, todos aquellos contratos y trabajos que damos a otros son en realidad cosas que deberíamos hacer nosotros: cargas que nos corresponden y de las cuales no podemos huir a menos que el plan sea mentirnos, viviendo en un vaivén de emociones inestables que navegan en un mar que no hemos hecho nuestro.
 
¿A cuántas personas has dado un contrato que ellos no han pedido ni autorizado? ¿A cuántos has cedido la responsabilidad de hacerte feliz? ¿Te han adjudicado un contrato invisible a ti? ¿Alguien te culpa de no ser quién debes ser o no cumplir con algo que tu nunca firmaste?

Si algunas de las preguntas anteriores resuena contigo es probable que estés sumergido en el mundo de los contratos invisibles, en el apartado de juicios y castigos ubicado en un lugar delirante del Universo en dónde tu felicidad e integridad depende de otros.



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