Drácula y el amor que lleva luz a lo monstruoso ||



He visto una vez más la película Drácula dirigida por Francis Ford Coppola y no puedo dejar de mirar en esta historia tétrica y oscura una enseñanza que tiene mucho que ver con el poder de transformación que solo el amor puede dar. 

La historia de un guerrero miembro de la Orden del Dragón (organización dedicada a proteger la Iglesia Católica) que renuncia a lo que defiende al darse cuenta que su amada muere y es condenada por las normas de aquella institución por la que luchó y apostó su vida. Renegado total y enceguecido por la rabia clava su espada en la mismísima cruz, sumergiéndose en conjuros y maldiciones que le terminan transformando en un ser inmortal que se alimenta de la sangre de otros seres vivos. Eso sí, su amor por su amada Mina sigue intacto por toda la eternidad.

La singularidad de la historia radica en que Mina, la novia del guerrero, reencarna siglos después en una época distinta y es encontrada por su amado pero ella se da cuenta que él ya no es el mismo sino que se ha transformando en Drácula, este monstruoso ser inmortal del cual todos huyen y al cual pese a todo sigue amando. En este punto me es invitable recordar la película La Bella y la Bestia de Jean Cocteau basada en un cuento de hadas fránces en dónde una dulce chica es capaz de amar a una bestia cuya condición no es más que el resultado de un embrujo y conjuro. Sorprende en este caso ver la sincronicidad de ambas películas y observar como la dinámica de la chica en Drácula (1993) y en La Bella y la Bestia (1946) es la misma, como si la mujer representara un tipo de amor que va más allá de las apariencias y que está dispuesto a abrazar el lado más oscuro del otro simplemente por su pureza y ansia de amar sin condiciones. Suena tan increíble e inspirador que eso se reproduce también en los finales de ambas películas en dónde la figura femenina logra redimir y liberar al monstruo de su embrujo, dando paso así a la aparición del príncipe en el caso de la Bella y la Bestia y del amante perdido en el caso de Drácula, personajes que simbolizan al hombre ideal que solo aparece una vez que la representante de lo femenino logra romper el hechizo que a su vez la libera a ella de la insoportable desdicha de no poder amar.

Para mi ambas ambas películas hablan de lo mismo: la aceptación amorosa de aquello que nos parece repulsivo o nos infunde profundo miedo. Drácula en este caso destaca por su ambiente tétrico y clásico que ya forma parte de la cultura colectiva, un lugar común en dónde la mayoría no quiere mirar mientras unos pocos buscan y encuentran perlas perdidas entre historias de monstruos, vampiros y bestias. Quizá esos pocos sean como Bella o Mina, almas puras que desean amar más allá de su propio miedo y que gracias a su potente don podrán tarde o temprano liberar a Bestia y Drácula. Algo relacionado a lo expresado por famosos psicoanalistas que indicaron que la integración de la personalidad radica por sobre todo en el abrazo comprensivo de todos sus fragmentos, incluídos los más oscuros en dónde la luz del amor brilla aún más intensa. Proceso que daría paso a la sublimación de la sombra (lo reprimido) en nosotros mismos y en los demás, liberándoles de su apariencia monstruosa que no es más que un espejismo de nuestra propio desamor.

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