Black Mirror: Una serie para ver lo peor de nosotros ||




Black Mirror es una serie de televisión cuyo fundamento esencial describe el uso de las nuevas tecnologías y la forma en que estas se mezclan con lo más bajos instintos del ser humano. Con esa introducción uno podría sentir un poco de miedo y no encontrarle nada espiritual a cada capítulo, pero sí que lo tiene ya que el solo visionado de la serie podría considerarse un encuentro con la sombra personal, tal como lo estudió y analizó Carl Gustav Jung

Jung propuso la idea de que todo ser humano convive con aspectos reprimidos de sí mismo que quedan archivados en la mente al no encontrar una vía socialmente aceptable para exponerlos en el mundo cotidiano. El reconocimiento de esas pulsaciones es un proceso fundamental en el desarrollo espiritual de todo ser humano ya que le permite conocerse más a sí mismo y profundizar en su escala de valores que muchas veces está plagada de trampas y autoengaño complaciente. Es así como esta serie parece coger este fundamento para mostrarnos en cada capítulo historias que van desde lo tragicómico hasta lo retorcido. Eventos que como una obra de arte quedan expuestos para el posterior análisis del observador que luego de una introspección debe considerar si aquello que ve es también algo que vive en su interior.

La primera temporada es sumamente corta: tres capítulos lo suficientemente contundentes para valer por diez. Lo que le da consistencia a cada uno de ellos es el argumento de las historias: una que habla sobre la forma en que internet puede ser utilizado para manipular y hacer atrocidades a otras personas, otra sobre el poder que ejerce un programa de talentos que mantiene a sus propios televidentes esclavizados dentro de su propio show y finalmente la historia de una pareja que vive en una época en dónde cada uno tiene acceso a un dispositivo electrónico que le permite revisar la memoria completa del otro para confirmar si hay mentiras e infidelidad (una trama ideal para los celosos y aquellos que gustan de saber todo lo que hace su pareja). La segunda temporada también es corta y muestra historias tan chocantes como la de una mujer cuyo marido fallece pero tiene la posibilidad de comprar un clon-robot de él para así calmar su tristeza por la pérdida, otra historia sobre una criminal que vive en un pueblo ficticio que es como un gran hermano en dónde otros pueden ver cómo es atrapada y castigada una y otra vez o la historia de un comediante fracasado que vive condicionado por un personaje digital al cual dobla. Así y sin anestesia uno puede darse el lujo de pasear por la celopatía, el deseo sádico de castigo y el retorcido sentimiento que pude surgir en alguien que se niega a aceptar la muerte de un ser querido. Eso entre otras emociones que toca esta serie y que continúan también en la tercera temporada que aún no termino de ver pero de la cual ya puedo adelantar parte de la historia del primer capítulo y que cuenta la vida de una chica que vive obsesionada por los me gusta o la puntuación que obtiene en sus redes sociales y que no es más que un mundo ilusorio en dónde todos mienten para obtener más puntaje y valoración personal (cualquier parecido con Facebook u otra red social para conocer personas es una irónica coincidencia).

Yo soy de los que cree que la espiritualidad no es solo angelitos y reinos celestiales sino también el sumergirse en la propia mierda para entender otros aspectos de nosotros mismos. Un ejercicio de valentía y coraje para aquellos que realmente se quieren mirar en el espejo. A ellos es a quienes recomiendo esta serie y a todo aquel que sepa valorar el arte incluso en esos rincones incómodos de la mente. El viaje vale la pena y fortalece el carácter, de eso no hay duda.

Si no estás dispuesto a mirar tu sombra no veas esta serie.
Puedes encontrar esta serie en la plataforma Netflix.

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